Digresiones (a propósito) del otro es un proyecto de naturaleza intersubjetiva con carácter de intervención relacional descrito por una serie de visitas a espacios domésticos representados en un itinerario sobre un plano localizado de la ciudad.

Este ejercicio urbano se realiza a través de visitas a domicilios localizados sobre zonas periféricas en continua transformación y considerados como pseudo-vacíos urbanos dentro del área liminar metropolitana de Santa Cruz de Tenerife.
A lo largo de este recorrido invitamos a formar parte de un acontecimiento colectivo mediante un conjunto de escenas de conversación acerca del Otro.

La interlocución propuesta, a través del registro de voces e imágenes recogidas durante el proceso, irán conformando de forma progresiva el despliegue de un trabajo en proceso a modo de trama representacional; el paisaje dialéctico de esta secuencia no lineal se recoge abierto en esta página, mostrando el conjunto de los encuentros y su proceso.

Con la presentación de esta trama se reconstruye su propia naturaleza en un intento por aprehender a modo de acto performativo una percepción determinada de la realidad y de convocar al encuentro, en colectivo, distintas realidades individuales entre sí.

Es el procedimiento de elaboración del proyecto, en su forma de operar, el que infiere a su vez como condición inherente de estos espacios en un estado de permanente transitoriedad, por su localización limítrofe a una geo-grafía dentro de la demarcación política y metropolitana de la ciudad; estos espacios de residencia se integran en zonas movedizas e inestables cuya legibilidad se encuentra en mutación constante.

El proceso de trabajo del proyecto aparece vinculado estrechamente con conceptos textuales apropiados del campo de la literatura: el dialogismo y la digresión.
La lectura itinerante del propio acontecimiento del proyecto se desarrolla formal y discursivamente en forma de digresión describiendo así la forma en que sucederá la manifestación de enunciados individuales y privados.

En relación con Tristram Shandy, Fernando Toda comenta:

Es cierto que si abrimos el libro con unas expectativas parecidas a las del lector del S.XVIII cuando se enfrentaba con una “vida y opiniones”, quedaremos un tanto perplejos tras los primeros capítulos. Muy pronto, nos daremos cuenta que Tristram Shandy no pretende ofrecernos en absoluto un relato lineal de esta clase. Tristram necesita escribir de un modo que le permita hacer todas las divagaciones que sean necesarias y, además mantener la atención del lector y hacerle comprender por qué tiene que narrar así.
Tristram se disculpará en más de una ocasión por sus digresiones. Él mismo dice que es casi imposible contar una historia en línea recta sin entretenerse por el camino y ocuparse de otras historias o incidentes.
Para José María Alfaro el tipo de escritura que pretende la participación del lector; en relación a la técnica de Cortázar en Rayuela, hace pensar en Tristram Shandy, y en algunas opiniones de David Daiches:
“El tono sugerente, las llamadas al lector…los asteriscos y los espacios en blanco para que el lector los interprete y rellene como desee, también sirven para implicarle en la novela. Se convierte al lector en conspirador con el autor para producir la obra.

La digresión en el sentido de interrupción introduce la clave, en palabras de Janet Murray de anticipación y recompensa, esto es lo que produce la respuesta de “que viene después de esto” obligándonos a continuar la lectura.
En este caso su lectura hará las veces de recorrido dialógico; el propio recorrido del trayecto se abre ramificándose en el dibujo de su cartografía.

Éstos se realizan sobre el contexto mismo; la descripción recíproca de los discursos de cada uno de los enunciados individuales se imbrican entre sí, propiciando el surgimiento de contexto. Los comentarios pretender componerse sin desenlace previsible alguno percibiéndose en el marco de una experiencia de alteridad.

El itinerario punteado se describe a modo de tránsito dialógico, este concepto tomado de Batjin, permite que la incorporación de enunciados individuales y privados posibiliten la visión del otro. Todo acto dialógico, según Batjin, es una acto dativo, “haciendo posible siempre una declaración en el mundo que genera sentido más allá de un segmento histórico del mundo”. Un modo de ver y hacer, desde una perspectiva política como “un acto de responsabilidad ineludible para cada persona, derivada de la manera de ver el mundo a través de la relación que contraemos con el otro”.

En la interacción de sus formas se ponen de relieve las transacciones invisibles en las que nos encontramos imbuidos en comunidad y de forma cotidiana. Conforman planos expresivos en los que resuenan ecos de un determinado tipo de posición social e individual sobre un mismo plano unitario.
Nuestro objeto no trata sólo de presentar un intercambio discursivo ni el de una representación social aunque aquí se encuentre implícito sino el del ejercicio de una forma donde la intersubjetividad constituye el sustrato que toma por tema central el estar-juntos. Del tú al yo, que constituye un nosotros, interaccionan y trascienden las formas tanto dentro como fuera de los espacios que compartimos. La proximidad es atributo y estructura que proyecta la sociedad, ampliando y densificando aún más ese estado de encuentro impuesto a los hombres como diría Althusser.

La realidad no es más que el resultado transitorio de aquello que hacemos juntos. El arte se vuelve a la vez objeto y sujeto de una ética transitiva por cuanto permite situarse entre el “mírame y mira eso”. Sin duda, en la relación con el otro nos relacionamos con el mundo, con el arte y el valor político de las formas.

La forma nos responsabiliza de su agencia y en agenciarnos. En su ejercicio nos convertimos en sujetos agentes, operando -punteando- de forma transversal las redes relacionales, parafraseando a Deleuze-Guattari con idéntica voluntad de producir máquinas de subjetiviación de singularizar las situaciones en la que nos vemos inmersos o al menos intentando conducirnos hacia una vuelta (ya de vuelta) hacia un espacio de negociación y que esto finalmente repercuta de algún modo en nuestra cotidianidad más próxima y conocida o que al menos este proceso sirva para volverla a re-conocer.

El recorrido se convierte entonces en un estado de posibilidad, de acontecimiento y de encuentro. Las desviaciones o paradas se hilan por el carácter conversacional que constituye los puntos sobre los que sustenta el panorama que pone en abismo cualquier otro paisaje arquetípico.

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