SPECULAR POSSESSION. POWER AND OBSCENITY.
POSESIÓN ESPECULAR. PODER Y OBSCENIDAD.

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Pensar el sexo sin ley y el poder sin el rey
M. Foucault

La representación del poder y su capacidad de actuación establece una relación de determinación directa sobre la construcción del sujeto y su concepción del deseo. Esto es lo que nos convierte -nos hace incesantemente- paisaje y lo que participa de los deseos de los individuos.
La moral, convertida en una herramienta de taimada utilidad política produce los dispositivos en los que deja entrever una lectura del paisaje que nos rodea y las relaciones de poder que de él se suscitan. Situar la sexualidad furtiva en el espacio público resulta igual a situar una herramienta de poder especular al propio deseo y a la imagen que ella nos proyecta; dice del reflejo del poder que ejerce sobre nosotros. En una doble dirección, la posesión se vuelve especular dentro del paisaje y nos expone a nosotros mismos (en los tiempos que corren es llevada al extremo de cualquier obscenidad política). El poder es especular en su dirección, en el deseo y en su fundamento. La posesión, como diría Sartre, es una relación casi mágica: sólo existen los objetos poseídos. El poseedor se sitúa fuera de sí en lo otro: “lo que posees, te posee”. El sujeto queda convertido en un soporte consustancial al poder:

El orden ha sido asumido sin que la inculcación haya tenido que acompañarse de coerción física. Se ha creado un hábito moral, una costumbre. Mediante la moral, diría un hipercrítico, el sujeto interioriza la tiranía ambiental. Reproduce en su interior la autoridad del superego y colabora así en los sistemas de Poder. Todos los sistemas dictatoriales han pretendido imponer una moral. Pero, al final acaban dando la razón a Lenin: “Llamo acción moral a toda acción útil al partido e inmoral a toda acción que le es nociva…”
José Antonio Marina
La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación

Sujetos al deseo, al dispositivo de la sexualidad producida, como señalaría Foucault, desde el momento en que se le asignó una función tan básica como la de revelar nuestra verdad estamos condenados a perseguirlo, a desearlo. Con lo que nos encontramos indefectiblemente sujetos al poder.

Según Butler, el poder presenta además, un carácter bidimensional: productivo en el que produce sujetos, realidades y por tanto, estado de las cosas, y represivo, en el que la presencia de mecanismos de coacción, contención de la sexualidad, el control desde los dispositivos que se establecen por ley, constriñe a los sujetos antes, en cualquier caso, de producirlos. Mediante el uso político de la identidad sexual, el adoctrinamiento social del individuo ha sido llevado a cabo a través de monopolizaciones religiosas o a través de instituciones que han fijado estatus a través de su aceptación social. Este tipo de poder es posicional en cuanto a que su autoridad despliega a su vez recursos posicionales (el estatus forma parte de la estructura social), esto es, con capacidad de influencia, cristalizando en estructuras con peso propio; “las instituciones terminan por adquirir algo así como autonomía respecto de las personas”. El propósito del propio afán de la posesión, de consecución de dominio y ocupación real supone una reconceptualización del propio poder y por ende, una redefinición de los espacios donde se ubica y ejerce.

La construcción del deseo depende en gran medida de la construcción del dispositivo de la sexualidad como instrumentalización en el plano político. El constructo del dispositivo de la sexualidad ha supuesto y supone, un recurso que ningún sistema moderno de poder ha dejado relegado a un plano irrelevante. Es por ello que la interdicción, la censura, la prohibición más que constituir formas esenciales de poder, suponen sus límites, el poder en sus formas extremas o frustradas. Por otro lado las relaciones de poder en Occidente, representan, un tipo de poder productivo que es lo que, por encima de todo, se valora en primera instancia, y por tanto, lo que mejor se gestiona por debajo de las esferas, de forma invisible. No es de extrañar entonces, que desde la época moderna, lo que hemos denominado vida política es la manera en la que el poder presenta, antes que nada, la imagen.

Las manifestaciones del poder no nos muestran, en apariencia, la articulación de sus formas. Definitivamente, las relaciones de poder constituyen uno de los mejores aspectos ocultos al cuerpo social. El poder siempre implica un contrapoder, una resistencia que puede ser invertida, acomodada o reestratificada siendo funcional al propio poder o incluso concebida como parte de las relaciones del poder instaurado. El establecimiento del control de la identidad sexual por la ley tiene lugar o por obediencia, “el individuo integrado exige ser adiestrado”, o por su transgresión. Es la ley la que decreta la propia existencia del individuo, ya sea cumpliéndola o infringiéndola; lo que va en ella, antes que nada y en primer lugar, es su propio reconocimiento, suscribir su existencia: “nada más otorga al límite que el intento de transgredirlo”, La sujeción de los individuos se estructura y se escuda, a través del uso político del dispositivo de la sexualidad ciñéndolos a una determinada identidad sexual. Aún así, este aspecto se revela de forma disimulada: el poder ejercido sobre el otro es hacer creer al controlado que tiene alguna capacidad de escapar…

Nuestra reflexión se aproxima a considerar la furtividad mediante el reflejo, del espacio público contextual, en un miembro de la diáspora India, haciendo hincapié en la controvertida gestión de lo permitido y de lo prohibido que conforma parte del paisaje político-social.

La furtividad se inscribe en la grafía del deseo.
Lo que acontece en el espacio público propio de la India se produce como resultado de las tensas relaciones de poder que suscita a su vez el ejercicio de las libertades sexuales, la de los hábitos y la aprehensión de los individuos a través de la presencia o la ausencia deliberada de determinadas imágenes. Los efectos de una controvertida relación de lo sexual y lo sagrado aparece remarcado con fuertes tintes conservadores a través de los medios de influencia pública. Recordemos que en la actualidad la cultura india se encuentra dotada de un potente paisaje mediático y económico impregnado de fuertes contrastes, así como de un peso influyente en la percepción social en el contexto de lo que resulta socialmente aceptable o admisible tanto dentro como fuera del país. Las instituciones y medios de influencia pública indias dependen en sus formas religiosas, culturales y sociales del aspecto de lo sagrado que ocupa y determina lo público. Su aparato social se describe por las fisuras que generan sus deseos mediante el gobierno religioso y conservador de los mismos. Las instancias de poder son responsables en gran medida de instaurar las formas de ejercitar el deseo y el placer. Luego éstas, se ocupan de desplegar una tecnología que hace de la imagen del sexo (o en este caso, su desaparición escénica) al mismo tiempo, la verdad oculta de la conciencia razonable. La ausencia de representación sexual conforma parte del mecanismo de la producción de poder endogámico y de las relaciones inmanentes al dominio en que se inscriben.

El proyecto reflexiona sobre aquellos mecanismos significativos de percibir, de representar o connotar la imagen sexual en la cultura. En el caso de la India, se produce a través de la no manifestación de los afectos entre individuos en el espacio público, la ausencia de las representaciones sexuales en escenas de gran parte de su historiografía fílmica o el trato remarcadamente sagrado de la figura de los “hijras”, ascetas que bien podrían figurar como exponentes eróticos de la discontinuidad de Bataille.

Es Bataille quien afirma respecto del erotismo cuando define su papel relevante sobre el individuo y el cuerpo social: “Lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constituidas. Repito: una disolución de esas formas de vida social, regular que fundamentan el orden discontinuo de lo que somos”.

El mismo Bataille subraya la determinación del erotismo como primitivamente religiosa, estableciendo con ello una identificación radical entre erotismo y religión. El sujeto se encuentra determinado por el conjunto de cambios que se disponen en el plano de la religión y definido por el deslizarse desde una sexualidad sin vergüenza hacia la sexualidad vergonzosa de la que deriva el erotismo. El erotismo surge fundamentalmente por la existencia de un interdicto inicial, por la prohibición que se aplica a la visión de desnudez de los cuerpos, principalmente de los órganos sexuales así como el ocultamiento del acoplamiento sexual. El campo del erotismo suele identificarse con lo obsceno, por la desposesión y la vorágine del estado de desarreglo de los cuerpos. Acaba siendo interpretado como un pasaje tortuoso, de una alternativa perenne entre los polos de vida y muerte, donde se compromete a la historia y al cuerpo, al pasado y al hic et nunc.

Esencialmente el erotismo se encuentra ligado a la transgresión y encuentra en ella como en la prohibición, el fundamento de un doble anclaje, en este sentido, la dualidad de su proyección especular que Bataille evidencia como una especie de juego de contrapesos que ordena la posibilidad de ambos. El conocimiento del erotismo o del mismo modo, según Bataille, de la religión, requiere una experiencia personal, igual y contradictoria, de lo prohibido y de la transgresión, que, como experiencia unísona no suele darse:

Las imágenes religiosas o eróticas acaban por introducir esencialmente los comportamientos de prohibición, en otros, unos comportamientos contrarios. Los primeros son tradicionales. Los segundos son comunes en sí mismos, al menos bajo la forma de un pretendido retorno a la naturaleza a la cual se oponía la prohibición. Pero la transgresión difiere del “retorno a la naturaleza”: levanta la prohibición sin suprimirla. Ahí se encuentra el motor del erotismo y ahí se encuentra el impulso motor de las religiones.

Con la prohibición sexual, afirma Bataille, se asevera la estabilidad de un orden, un intento de ponerle freno a la violencia a través de la eliminación de nuestros movimientos de violencia. Entre las razones de la formulación de estas prohibiciones posiblemente lo que pudiera ponerse de manifiesto como causa no pudo de ninguna manera ordenar el principio de una limitación; lo que sí pudo fue utilizar ese principio para unos fines ocasionales y que de esta manera existiera así una prevalencia sobre el ordenamiento social.

La transgresión, constituye el momento suspendido en el que aún la prohibición surge efecto en el mismo instante en el que, sin embargo, hemos cedido al impulso al cual se oponía. Aquí surge la experiencia del desasosiego, del pecado, la angustia sin la cual no existiría lo prohibido y en consecuencia una sucesión-concatenación de efectos hasta donde el hombre llega al punto de cuestionarse a sí mismo y al ser.

Bataille incita a tomar en consideración la totalidad de todas las prohibiciones religiosas en todo tiempo y en todas las latitudes. La prohibición, que según R. Caillois, “es informe y universal” y, por donde concluye en su ensayo Bataille: tanto si lo que está en cuestión es la sexualidad como si lo es la muerte, siempre se encuentra en el punto de mira la violencia; la violencia que da pavor, pero que fascina.

Desde el punto de vista social el género en la India constituye un parte fundamental en la plena socialización de una persona. Como apunta Serena Nanda, en la India un rol significativo que transciende la categorías de hombre y de mujer es la figura del asceta, el hijra, aquel que ha renunciado al deseo sexual, a la figura de la familia y a los lazos de parentesco; a un determinado tipo de vida tipificado y a las relaciones sociales de castas que conforman las fuentes principales del control social del individuo. Se encuentra fuera de la sociedad pero a su vez forma parte de ella. El reconocimiento de más de dos géneros/sexos se registra ya desde el S.VIII a.c. y se erige como uno de los muchos y variados caminos que, desde el punto de vista de lo sagrado y de la religión hindú, puede tomar un individuo para alcanzar la salvación. En la India actual los hijra se encuentran especialmente asociados al transgenerismo; transcienden el estigma de sus deficiencias de sexo/género constituyendo por tanto una amenaza implícita contra el orden social existente. Su figura sagrada se ha desvanecido en función de la determinación del control social.

El registro de la experiencia del otro se acomete a través de la imagen y de su reflejo. Lacan afirmaba que es el yo lo que se constituye en torno a un reconocimiento a través a la imagen del otro o de su propia imagen reflejada sobre el espejo.
El rostro del otro constituye la metáfora del enunciado. Un contraste que evidencia que la ética no deriva de una reflexión abstracta acerca de nuestros actos sino de la experiencia perceptiva a través del otro, del prójimo. El otro constituye particularmente la muestra de una esencial vulnerabilidad.

La posesión especular de lo público se despliega mediante el control social y la corrupción. La criminalización que subsume y suspende los derechos ciudadanos entra dentro del campo de las obscenidades de las actuaciones políticas que se muestra amplio y abierto. Las derivas de estas políticas desembocan en retóricas que sólo pueden fomentar desigualdades.